miércoles, 6 de febrero de 2013

CARISMA Y ESPIRITUALIDAD. ANA LUCIA OTERO SENTIDO GENERAL DE CARISMA Y ESPIRITUALIDAD


A partir de 1970 y gracias al énfasis que puso el Concilio Vaticano II sobre la importancia que tenía para los religiosos, volver a las fuentes, nuestra Congregación inició varios trabajos de investigación sobre la vida de nuestros Fundadores, el Beato Pedro de San José Betancur y la Madre Encarnación Rosal,  escogidos por Dios para dar inicio y consistencia a la misión Bethlemita en el mundo. Y Desde  entonces muchas hermanas han contribuido a desentrañar, de esa fuente que mana riqueza, todos los constitutivos de nuestra espiritualidad y carisma. Este ha sido el tema de varios Capítulos Generales en un esfuerzo por esclarecer lo esencial del espíritu que animó nuestra vida desde sus orígenes.
Tenemos que reconocer el mérito de quienes movidas por su interés y amor a la Congregación iniciaron un trabajo que nos ha proporcionado luz, verdad y seguridad sobre los fundamentos espirituales de nuestra vida Bethlemita.  Belén es hoy para la Congregación, como lo fuera para el Beato Pedro, fuente que nutre su espiritualidad y misterio del que nacen los compromisos que debemos vivir como seguidoras de Cristo humilde y pobre, que se hace hombre para salvarnos.
Igualmente estamos convencidas que el misterio del amor de Cristo nos exige una respuesta de “reparación” que debemos dar a través de todas las situaciones de nuestra vida.
Este libro que hoy nos presenta la Hermana Ana Lucía Otero es un nuevo esfuerzo en línea de investigación sobre el Carisma y la espiritualidad Bethlemita. Ella que vivido a la luz y sombra de la Congregación, ha puesto en este trabajo su experiencia de vida y su amor por la verdad.
Íntegramente fue aprobado por el Consejo General y por las Hermanas Provinciales y las representantes de cada Provincia, durante las reuniones que se efectuaron en 1990.
El libro que debe servirnos como hilo de unidad, no agota el tema, por el contrario, su lectura y comprensión debe animar a muchas Hermanas a continuar profundizando el misterio de Cristo, para sacar de sus honduras la riqueza de vida que debe impulsar y renovar a la Congregación en cada momento de su historia.
Berenice Moreno Bethl.
Superiora General.

                                                                             I.       SENTIDO GENERAL DE CARISMA Y ESPIRITUALIDAD

Si bien es cierto que el tema del Carisma es bastante conocido, como se trata de algo fundamental en el trabajo que intentamos desarrollar, iniciaremos la reflexión con algunas definiciones y explicaciones acerca del Carisma, teniendo muy en cuenta lo que al respecto nos dan la doctrina de la Sagrada Escritura y las interpretaciones del Magisterio Eclesial.

Carisma

1.          “Don” concedido gratuitamente por Dios a una persona, para la común edificación de la Iglesia.  Carisma en sentido primario es “gracia” y puede referirse a cualquier beneficio concedido. Es una gracia permanente que puede ser identificada con la vocación personal. También puede ser la vocación a un género de vida cristiana, celibato o matrimonio.[1]
2.        Al hacer uso del término carisma habla esencialmente de la presencia del Espíritu Santo que se manifiesta con toda clase de “dones gratuitos”.
3.        Todo carisma, “gracia de Dios”, “don gratuito” concedido al hombre, tiene la característica de ser orientado especialmente al servicio de una comunidad; es la acción salvífica que Dios realiza en una persona para responder a las necesidades concretas en la situación histórica que se vive.

Sagrada Escritura

4.        En el Antiguo Testamento se habla de personas carismáticas que fueron enriquecidas por Dios para el servicio de la comunidad. Podríamos citar a Moisés, Josué, Samuel, los Reyes y principalmente los Profetas, hombres en general guiados por el Espíritu Santo para realizar una misión en medio del su pueblo
5.        En el Nuevo Testamento, el libro de los Hechos manifiesta la acción del Espíritu Santo en los Apóstoles quienes en todas las lenguas “publican las maravillas de Dios”[2]
Es el cumplimiento de la promesa que Cristo que ha recibido del Padre el Espíritu, y lo ha derramado sobre los hombres[3].
6.        En las cartas de San Pablo, el término carisma tiene significados diversos. El Apóstol habla de “don de la Redención”, “liberación de la muerte”, pero espacialmente designa las manifestaciones del Espíritu Santo en la formación y actividad de la Iglesia[4].
En la carta a los Efesios el Apóstol acentúa:
     la inmensa variedad de los carismas,
     la libertad de Dios en distribuirlos como quiere,
     la ordenación al bien colectivo de la Iglesia,
     y la particular apropiación del Espíritu Santo[5]
7.        En las cartas pastorales, 1ª. Tim 4,14; 2ª. Tim 2,6, aparecen los carismas vinculados con los oficios eclesiásticos cuya comunicación significa y realiza mediante la imposición de las manos. Es evidente un proceso de institucionalización y sacramentalización.
8.        Hoy se habla de carismas que abundan en la vida de los fieles más sencillos, tales como: caridad, abnegación, paciencia, servicio. Estos carismas o dones tienen a veces un radio de acción muy reducido como la familia, su grupo de trabajo, etc. Pero todos y cada uno pueden recibirlos dentro de su estado de vida y contribuir con ellos a la difusión de la Iglesia.
9.        Todo carisma verdadero tiene siempre un sentido social. No se da sólo para el provecho o enriquecimiento de quien lo recibe, sino en beneficio de toda la Iglesia. Por esta razón, lleva siempre consigo una misión, una tarea apostólica en la misma Iglesia. Por lo mismo también el carisma es transmisible, puede extenderse a un grupo  y continuarse en una tradición.
10.    Los carismas en general, si se sabe utilizarlos con humidad, despiertan el amor de quien se ve favorecido de manera visible por Dios. El carisma ayuda a cumplir los deberes de estado de una manera evidente y en este sentido tiene grande influjo en santificación personal, como gracia de estado.
11.    Hoy día se valora mucho más el carisma y se considera en cada individuo como un llamamiento particular de Dios. San Pablo en la 1Cor. 7,7 llama carisma tanto a la virginidad como al matrimonio; ambos estados pueden ser una gracia señalada cuando expresan la voluntad divina concreta sobre la persona. Los carismas ordinarios son variados y cada cual debe contribuir con el suyo a la edificación del Cuerpo Místico de la Iglesia, sin despreciar ni envidiar a los demás[6].
12.    Lo definitivo del carisma, no es la apariencia, ni la grandiosidad de los fenómenos, sino su carácter de servicio, de utilidad a la comunidad cristiana, a los hombres. Cuando San Pablo hace listas de dones, lo que resalta el carácter funcional de ellos: exhortar, consolar, servir, enseñar palabras de sabiduría y ciencia, camino de fe, dirección de espíritus, asistencia, gobierno[7].
Los carismas son algo ordinario y el mayor de todos es la caridad, sin la cual ninguna de otros sirve para nada[8]
13.      Si los carismas pertenecen a la vida común del cristiano son múltiples y variados. No se pueden reducir a un solo tipo, ni a una solo función. Ellos son siempre una respuesta a las necesidades de la Iglesia, que por ser viva, requiera la variedad en todos sus aspectos.
14.      Hay carismas de predicación: apóstol, profeta, doctor, evangelista, consejero: de asistencia: diáconos, dar limosna, visitar enfermos y viudas, servir al prójimo en sus necesidades; de dirección: los obispos, presbíteros, etc. Incluso la enfermedad asumida en la fe y el amor, puede ser un carisma. Toda vocación en la Iglesia tiene un carácter carismático en la vida del cuerpo total. Todo cristiano recibe de Dios su gracia particular y su participación en el carisma de la Iglesia.
15.      Podemos agregar que carisma es un “llamamiento” de Dios dirigido a cada persona para que realice un determinado servicio en la comunidad y en cuanto “misión” de Dios la capacita al mismo tiempo para llevarlo a efecto. Siendo dones de Dios en el Espíritu para servicio común, cada persona debe poner los medios para desarrollar su propio carisma. No se trata de caprichos ni de uniformidad, sino de un “Orden nuevo de libertad”. Donde está el Espíritu del Señor, ahí está la libertad[9].
16.      El verdadero carisma en el sentido que le da San Pablo, nace del Espíritu y conserva siempre una íntima relación con El. No es reductible a una simple cualidad humana de la persona que lo ha recibido. Es cierto que el carisma enriquece a quien es favorecido por Dios y lo prepara y capacita para desempeñar una misión particular, pero su condición de carisma se mantiene en relación y dependencia directa del Espíritu Santo.
17.      Según la 1ª carta Cor 13,1-13, todos los carismas se integran y mantienen su unidad en la caridad; desvinculados de ella, pierden su verdadera significación y contenido.

Magisterio Eclesial

18.    El Concilio Vaticano II asume el sentido Paulino del término carisma y con el Apóstol lo aplica a realidades salvíficas diferentes.
Según la Constitución LUMEN GENTIUM, el carisma es una gracia especial con la cual el Espíritu Santo hace a los fieles “aptos y prontos” para asumir obras y funciones diversas, útiles a la renovación y mayor expansión de la Iglesia[10]. La Constitución se refiere a funciones y cualidades que entran dentro de las manifestaciones normales de la fe cristiana. El Magisterio eclesial reconoce a estos dones un significado general en cuanto a edificación de la Iglesia.
19.    Lo característico de los carismas es que pueden pertenecer a todos sin distinción de clases. Se reconoce la libertad del Espíritu en la distribución de sus dones
20.    La Iglesia instituida por Cristo como comunidad de vida, caridad y verdad, está puesta por Él como instrumento de redención para todos, como la luz del mundo y la sal de la tierra. Los dones del Espíritu Santo sirven para manifestar este misterio. Ellos son por eso, un servicio a la humanidad y manifiestan ese profetismo de la Iglesia, colaborando en la realización del plan de la salvación de Dios. Cada servicio de ayuda necesita de ciertas personas dotadas por el Espíritu de un don especial para colaborar en la construcción del mundo.
21.      Los carismas son esenciales para la Iglesia y son dados al pueblo de Dios como a un todo, a cada uno según su capacidad y vocación para ponerlos al servicio de la salvación de todos. “El Espíritu Santo guía a la Iglesia, la unifica en comunión y ministerios, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos  y la embellece con sus frutos”[11].
“La Iglesia es enriquecida con los dones de Cristo, su Fundador y observando con fidelidad los preceptos de la caridad, humildad y abnegación, recibe la misión de anunciar el Reino de Dios e instaurarlo en todos los pueblos”[12]
22.    Expresa la LUMEN GENTIUM que, “los carismas tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos deben ser recibidos con gratitud y consuelo porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia”[13].
23.    El Decreto AD GENTES dice: “el Espíritu Santo unifica en la comunión y en ministerio y provee de diversos dones jerárquicos y carismáticos a toda la Iglesia a través de todos los tiempos, vivificando a la manera del alma, las instituciones eclesiásticas e infundiendo en el corazón de los fieles el mismo espíritu de misión que impulsó a Cristo[14].
24.    El Magisterio eclesial al hablar de los dones recibidos de Dios que han de ser para la edificación de la Iglesia misma, exhorta a los Pastores a cumplir con su deber de juzgar la naturaleza de dichos dones: “cada creyente tiene el derecho y el deber de ejercitar los dones recibidos para bien de la humanidad y edificación de la Iglesia, en el seno de la propia Iglesia y en medio del mundo, con la libertad del Espíritu Santo que “sopla donde quiere”, y en unión al mismo tiempo con las hermanos en Cristo, y sobre todo con sus pastores, a quienes toca juzgar la genuina naturaleza de tales carismas y su ordenado ejercicio con el fin de no sofocar el Espíritu, sino examinarlo todo y retener lo que es bueno”[15].

Notas esenciales del carisma auténtico

25.    Todo verdadero carisma tiene unas notas esenciales que lo definen y comprueban como auténtico, es decir, como don, que procede del Espíritu Santo y permanece en comunicación El. Estas son:
     espontaneidad creadora,
     vigor y fortaleza,
     audacia en las iniciativas
     constancia en las pruebas,
     eficacia y perseverancia en el servicio de la comunidad,
     docilidad activa al Espíritu Santo en sumisión a la autoridad de la Iglesia, aún en los momentos más difíciles y de incómoda tensión,
     cierta novedad y entusiasmo,
     notable capacidad de comprensión y flexibilidad[16]

Estructura Interna del carisma

26.    En todo carisma se constatan algunos elementos o pasos fundamentales, entre los cuales anotamos:
     una experiencia religiosa,
     una experiencia histórica,
     una dinámica de llamada y respuesta,
     estructuración concreta del carisma.
27.    En cuanto a la experiencia religiosa: se ha de buscar como fuente primera del carisma el encuentro religioso de la persona o grupo con Dios. El será siempre el horizonte último de toda realidad y de toda experiencia; se puede afirmar que toda la persona está polarizada hacia Dios. En esta experiencia religiosa hay una valoración trascendente de la existencia  y una valoración nueva del hombre.
28.    En la experiencia religiosa, en efecto, se tiene una valoración trascendente de la existencia; el Dios que salva la historia está por encima de la pequeñez del hombre; lo final está por encima de lo superficial y momentáneo. Y juntamente  con esta valoración trascendente, hay también una  valoración nueva del hombre ya que en Cristo, el hombre ha entrado en la esfera de Dios y la Experiencia religiosa cambia toda la visión reducida. El cristiano sabe que Dios se ha hecho asequible al hombre, se ha hecho carne con nosotros, se ha hecho visible en Jesús y todos los hombres que van a entrar en comunidad con Él.
29.    También en esta experiencia religiosa hay un sentido profundo de Iglesia.  De esta Iglesia viva como Cuerpo de Cristo, que vive y se extiende mucho más allá de lo meramente institucional. Iglesia que es signo o como dice el Vaticano II “sacramento de salvación”, y cuya razón de ser es el amor del Padre en Cristo a todos los hombres. Se considera la Iglesia como comunidad que camina; comunidad formada por un pueblo que ha sido escogido por Dios y con quien ha sellado una alianza.
30.      Hay en esta experiencia religiosa una apertura permanente al Espíritu. Es un proceso de liberación de la propia pequeñez, del pecado, de todo aquello que va siendo obstáculo para esa pertenencia a Dios. Es una libertad que, por la acción del Espíritu, se abre a la verdad de Cristo, a la realidad de los hombres y al desarrollo y desempeño de un mundo en el que vivimos y sobre el cual tenemos una responsabilidad.
31.    Esta libertad es la superación de todos los límites personales, de los prejuicios, de las ataduras sociales, de las marginaciones, de la cerrazón a la verdad, a la belleza, al amor. En esta experiencia hay una intuición profunda, dinámica, espiritual y humana de un misterio pascual de muerte y resurrección. Es así como el cristiano vive la dinámica bautismal de la muerte a sí mismo, la muerte del hombre viejo, para participar en una vida nueva; vive la permanente necesidad de un “nuevo nacimiento” para entrar en el Reino.
32.    En cuanto a la experiencia histórica, ésta consiste en constatar que vivimos un momento específico de la historia dentro de una comunidad humana muy concreta; que vivimos un momento determinado en el cual nace y germina el carisma y donde nos encontramos llamados a servir. Esta experiencia histórica nos sitúa en una sociedad donde hay problemas, dolores y esperanzas; una sociedad que busca el cambio y la renovación. Es una sociedad que anhela, sueña y también lucha. En esa sociedad se debate el hombre que se experimenta como dividido entre sí, ante unos bienes materiales que le atraen y le absorben, a merced de una sociedad avasalladora y de un materialismo enervante, pero al mismo tiempo es un hombre que cree en la vida y que por medios diversos, a veces equivocados, lucha por encontrar a Dios.
33.      Las dos experiencias religiosa e histórica  serán siempre una experiencia personal y por consiguiente el individuo es quien tiene que discernir ante los hechos y el deberá tomar las decisiones. Estas experiencias van unidas y producen tensión en nosotros; ambas son necesarias, y contribuyen a definir la orientación de la vida con una visión de esperanza.
La experiencia religiosa nos mantiene “alertas al paso de Dios, a la novedad de la vida que viene de Él; nos conserva y da fortaleza en los momentos difíciles de cada día; nos da la esperanza para no desfallecer en la ardua tarea de todos los momentos y nos enseña cómo lograr la unión con Cristo, en el Espíritu, camino hacia el Padre”[17].
La experiencia histórica nos hace vivir y participar en las diferentes situaciones de nuestros hermanos los hombres, compartir sus alegrías, sentir el dolor de la injusticia, del pecado, del hambre, de la marginación. Este experimentar el dolor y la situación de los demás pondrá en tela de Juicio nuestra experiencia religiosa y le dará más solidez, consistencia y autenticidad.

Dinámica de llamada y respuesta

34.    A la luz de las dos experiencias mencionadas se comprende mejor el sentido de la respuesta carismática, que la persona movida por Dios intenta dar a situación interpelante. Viene a ser el punto de partida de tantas obras apostólicas que han surgido a través de los siglos. “Grupos de hombres y mujeres que quieren hacer puente entre el Reino de Dios y la historia todavía alienada de los hombres”[18]. Es el colaborar de una manera concreta en el Plan de Dios en la instauración de su Reino. Es la respuesta que se da, en la historia, a la llamada de Dios, con repercusión de eternidad.
35.    El cristiano “carismático”, llamado por la Palabra y la experiencia de Dios, se compromete en cuerpo y vida a realizar en el mundo, lo que ha intuido en el interior de su corazón y que no puede dejar sin respuesta. Él ha comprendido con claridad que es la voluntad de Dios colaborar de una manera concreta en transformación de la sociedad.
36.    El compromiso de colaborar en la salvación del mundo de una manera particular puede ser personal o comunitario. Pueden ser grupos de personas que quieren seguir a Cristo y colaborar en la extensión del Reino en una sociedad concreta, empleando diversos medios, en servicio de los que sufren y dando testimonio de una vida que se propone llevar a todos el mensaje de amor universal del Padre a los hombres.

Desarrollo del carisma

37.    La realización de un carisma ha de ser de manera concreta, práctica y operativa a las necesidades urgentes que han provocado la respuesta de que se trata. Se debe tener en la realización un sentido práctico y conocer muy bien las condiciones sociales y psicológicas del ambiente. Es indispensable el recurso a Dios y la docilidad constante al Espíritu y acompañar esto con un realismo del momento y un análisis de las circunstancias ambientales. Cada carisma tiene su ambiente, su cultura y sus condiciones propias.
38.    La forma concreta de realizar un carisma se da en el tiempo determinado en que se vive, con personas concretas que lo elaboren dentro de una cultura constituida, con una mentalidad apropiada y un conjunto de circunstancias y experiencias varias; todo esto en base a un profundo discernimiento.
39.    La respuesta al carisma es un proceso que nunca termina, el punto de partida es el encuentro con Dios que define este proceso como “conversión continua”; el contexto es el momento histórico que exige un “análisis permanente” de la realidad; y la dinámica es una respuesta concreta y adaptada a cada situación, la cual no puede ser realmente significativa sin una “evaluación también permanente” de la vida y de los servicios apostólicos que se prestan.

Carisma y vida religiosa

40.  Teniendo en cuenta el significado que recibe la palabra “carisma” en los textos paulinos que se refieren a gracias recibidas por los diferentes miembros del pueblo de Dios, vemos una gran coincidencia entre este sentido neotestamentario y el que le ha dado el Magisterio de la Iglesia al hablar de los varios carisma que caracterizan a la vida religiosa.
41.    Las formas diversas de interpretar y vivir los Consejos Evangélicos aprobados por la Iglesia no han surgido del capricho o de la voluntad de los hombres, sino por “inspiración del Espíritu Santo, por el designio divino”[19]. “El carisma de la vida religiosa, lejos de ser un impulso nacido de la carne y de la sangre, es el fruto del Espíritu que actúa siempre en la Iglesia”[20].
42.    Pentecostés que fue el comienzo y puesta en marcha de la Iglesia, fue un acontecimiento carismático. Y el surgir en la Iglesia de la vida religiosa, en sus diversos estilos, es también un hecho carismático. Es fruto de un designio divino[21].
43.    El Espíritu Santo es el inspirador de la vida religiosa suscitando en la Iglesia y para la Iglesia ese estilo de vida y para eso se sirve de los Fundadores a quienes les hace vivir una experiencia humana y sobrenatural y les comunica el espíritu profético de Cristo, haciéndoles comprender una determinada necesidad apostólica y la manera más apropiada de realizarla.
44.    En todo caso se trata de dones concedidos para el bien de toda la Iglesia y que determinan la situación existencial de un religioso o de un grupo de personas en el Cuerpo de Cristo. Por eso es importante conocer cómo los Fundadores descubren su vocación, es decir, toman conciencia del carisma que les ha sido concedido.

EL FUNDADOR

45.    Casi todas las familias religiosas comienzan su historia con el llamamiento de un cristiano o cristiana que luego se convierte en vocación de un grupo. Cada Instituto religioso supone una intervención particular del Espíritu en beneficio de la Iglesia entera. Para poner en marcha una nueva forma de vida consagrada, el Espíritu Santo se sirve de un Fundador.

Acción Divina

46.    Cada Fundador tiene una experiencia diferente. La Historia de la vida religiosa abunda en descripciones sobre los diversos medios con que cada uno de ellos descubrió su propia vocación y llegó a concretizar la forma de vida, estructuración y servicio apostólico de su Institución. Muy diferentes la vocación de un San Benito, San Bernardo, San Agustín Francisco de Asís, Beato Pedro de San José Betancur, por sólo citar algunos.
47.    En ciertos casos los santos descubrieron su vocación en una experiencia personal de Dios extraordinaria; visión, locución e iluminación especial de la mente. Otros, descubrieron su vocación apostólica, mediante luces y mociones especiales recibidas en la lectura y meditación de la Sagrada Escritura o ante sucesos extraordinarios, o también en las mismas experiencia de la vida familia, o por insinuación y consejo de un amigo, etc.
48.    Todos los Fundadores han atribuido a Dios la obra realizada por ellos. Sea de un modo y otro, lo cierto es que toman conciencia de ser llamados por Dios para organizar o estimular un nuevo grupo de cristianos o religiosos en la Iglesia. Esa luz se produce ordinariamente en la reflexión y diálogo profundo y continuo con Dios. Ese influjo de gracias ordinarias del Espíritu atrae con luz divina su atención hacia determinadas necesidades de la Iglesia, mientras que un impulso interior mueve sus voluntades a ofrecerse como instrumentos del querer de Dios[22].
49.    No siempre es fácil que un Fundador descubra su propia vocación a un modo de vida peculiar y a un misterio en la Iglesia, y que ello implique ser voluntad de Dios la fundación de un Instituto o familia religiosa. Entre una cosa y otra puede darse un cierto tiempo, aún años. La Historia muestra que los Fundadores ordinariamente recorrieron un proceso largo antes de decidirse a fundar sus familias religiosas y a definir los elementos característicos de ella. Algunos han muerto sin haber visto cristalizada su obra.

Misión profética del Fundador

50.    Los Sumos Pontífices al hablar de la inspiración de los Fundadores los comparan de alguna manera con los Profetas. En la Constitución LUMEN GENTIUM, 12, se describe la función de la Iglesia ante los carismas de espíritu profético: “discernirlos, juzgando su autenticidad y formulando reglas para su uso apropiado”.
51.    Además de la “inspiración”, rasgo que tienen los Fundadores en común con los Profetas, S.S Pablo VI, sugiere que recibieron una “misión” particular de Dios. Y la “misión” es también un rasgo propio del Profeta. Hemos de recordar, que no se trata de alguien que hace ´profecías´ es decir, que anuncia sucesos futuros. Profeta no es quien predice, sino es quien habla en nombre de Dios transmitiendo un mensaje a su pueblo[23].
52.    Los Profetas ejercen una mediación humana a la intervención de Dios en la Historia. Su mensaje está destinado a iluminar y modificar el curso de aquella, y se supone para esto un conocimiento, desde el presente, del sentido profundo de la misma.
En no pocos casos los profetas tratan de confrontar la situación presente constatando las deficiencias con la bondad, pureza y santidad de los orígenes y predicando una vuelta a la vida de los primero tiempos. Así lo hicieron los Profetas del Antiguo Testamento.
53.    El Profeta es quien efectivamente sabe leer en la trama de los acontecimientos los designios de Dios, el que sabe interpretar el sentido religioso de los hechos. Está atento a todo el acontecer de la vida política y nacional, internacional, social y religiosa. Posee una capacidad de lectura, esa visión de los acontecimientos inscritos en el Plan de Dios.
54.    El Profeta al mismo tiempo está vuelto al pasado, está orientado hacia el futuro. Así el Fundador lee y juzga, basándose en una visión escatológica que anticipa, aquilata el sentido de las cosas, su valor, los medios de acción, de acuerdo con las realidades últimas y permanentes.
55.    El Profeta reacciona frente a las interpretaciones acomodaticias. Del mismo modo el Fundador tiene que ir contra corriente y ser signo de contradicción. Denuncia con su propia vida y su acción, atrayéndose a veces el odio, la persecución de quienes se sienten amenazados con su manera cómoda de vivir el Evangelio.
56.    Dios suscita los Fundadores como una respuesta a ciertos problemas que afectan a la Iglesia en un momento especial. De esto se colige que la inspiración de ellos puede tener dos objetivos inmediatos:
     ya situación histórica de la Iglesia y sus necesidades en el momento,
     y la necesidad de volver al Evangelio y la manera de hacerlo.
57.      Casi siempre lo que la Iglesia necesita en modo particular es una renovación de vida. Los Fundadores descubrieron una necesidad particular y decidieron ponerle remedio. Esa es la razón por la cual aparece en los Institutos el ministerio de sus Fundadores y de sus primeros compañeros.
58.      Muchas congregaciones femeninas comenzaron como asociación piados, dedicadas a ciertas actividades caritativas como colaboración a otra ya existente. La regla de vida, la espiritualidad, las estructuras, la formación de los nuevos miembros, se desarrollaron gradualmente alrededor del eje original del ministerio.

Dones concedidos a los Fundadores

59.    Las gracias o dones concedidos a los Fundadores pueden  ser de diversos géneros:
     gracias místicas dirigidas directamente a descubrir su vocación personal de la que había de nacer el Instituto;
     gracias que los iluminan y mueven para que funden alguna Orden o Congregación;
     otros favores que le son otorgados para su crecimiento espiritual.
Pero todos estos dones están ordenados a su fecundidad espiritual en la Iglesia. Dios les da una profunda experiencia de sí mismo para que otros puedan aprovecharse. Autor de estas gracias es el Espíritu Santo, que así va construyendo la comunidad cristiana con los dones otorgados a cada uno de sus miembros.
60.    Los Fundadores ejercen un papel activo en la transmisión del don recibido a sus familias religiosas. Ante todo oran mucho por sus Institutos y ofrecen sus vidas y sufrimientos por la supervivencia de los mismos. Las vidas de todos ellos, sus cartas, exhortaciones y demás escritos señalan hasta qué punto sus obras estaban presentes en sus relaciones con Dios.
61.       Todos los Fundadores han tenido un don especial de persuasión. Siendo personalidades extraordinarias en cierto modo han sabido llegar a sus seguidores de manera convincente más que con palabras, con el testimonio de sus vidas.

Sufrimiento de los Fundadores

62.       La mayoría de los Fundadores estuvieron sometidos a pruebas de todo género. Muchos tuvieron dificultades iniciales en su vocación, otros al definir los rasgos del espíritu que habría de animar sus obras, y la mayor parte tuvieron que soportar la dura oposición, a veces entre sus mismo compañeros o discípulos. La oposición suscitada entre los suyos, les traía momentos de angustia, temores y no pocas veces desalientos. Tuvieron que reflexionar y pedir consejo en muchas ocasiones y ante todo orar insistentemente.
63.    Casi todos los comienzos de una Congregación han tenido que afrontar dificultades dentro del grupo inicial y aún con las autoridades eclesiásticas; llegando en varios casos a sufrir la incomprensión de la misma Jerarquía, a veces hasta el extremo de ser quitados de sus cargos y excluidos de la propia Congregación. Estas situaciones han sido para los Fundadores una forma de purificación en la que Dios probaba su amor y fidelidad, acrecentando en ellos su amor e interés por su familia espiritual. El sufrimiento fue siempre motivo para confiar más en Dios, crecer en el amor y continuar la obra iniciada únicamente por la gloria de Dios y la extensión de su Reino[24].

Personalidad del Fundador

64.    Los Fundadores, en la forma de vivir la vocación que tienen en común con sus seguidores, actuaron como individuos concretos. La gracia divina se da siempre a una persona real, dotada de temperamento y cualidades, con defectos y limitaciones, pero también formada a través de una serie de experiencias, y condicionada por el ambiente que vivió. Además del carácter y temperamento propio, el tiempo y la sociedad tienen un influjo profundo en la experiencia religiosa de los mismos.

El Fundador como individuo

65.    Los Fundadores tienen derecho, como lo tiene cada uno de sus hijos, a ser ellos mismos, y no sólo origen de su grupo. Y este ser uno mismo, no pertenece al carisma comunitario. Tienen su propio temperamento: algunos son más discursivos, otros más intuitivos, algunos metódicos, otros más emotivos. También tienen sus opiniones, tanto en materias filosóficas, teológicas como políticas.
66.    En sus relaciones con Dios, los Fundadores han sido diferentes unos de otros. Han tenido inclinación a diversos modos de oración, siendo hombres y mujeres de su tiempo les podrán gustar devociones y prácticas piadosas caídas en desuso hoy. Algunos gozaron de gracias extraordinarias: revelaciones, profecías, don de la bilocación y otros milagros, todo esto es personal[25].

El Fundador y su relación con Cristo

67.    Cristo centro de su vida:
El Espíritu Santo, al hacerse presente en la vida de los Fundadores, los consagra a Cristo, haciéndoles penetrar hondamente en el Misterio de su vida y de su Palabra. Esa experiencia de intimidad con El, les lleva a identificarse con sus actitudes de vida. Pero antes de expresar un aspecto particular del Misterio de Cristo, son llevados a una experiencia total de intimidad con El.
68.    El anhelo de los Fundadores es vivir el Evangelio en toda su integridad; su propósito es poder seguir la doctrina del Señor, imitando su vida y sirviéndole con amor. En todo su actuar no tienen otra mira que agradar a Dios y trabajar por su Reino.
69.    Todos los Fundadores, fascinados con la persona de Cristo, conocido profundamente en la oración contemplativa y meditación de su Palabra, han intentado identificarse con El. No fueron llamados solamente para practicar virtudes, pobreza, obediencia, misericordia o a desarrollar alguna actividad como la predicación, la enseñanza, cuidado de enfermos, etc. Aunque todo esto forma parte de su actividad apostólica y de su fundación como algo esencial y fundamental. Son llamados a seguir a una persona. Cristo, es el único objeto de su vida y la finalidad de su obra apostólica[26].

Configuración con Cristo en uno de sus Misterios.

70.    El seguimiento de Cristo y su identificación con El, se realiza en los Fundadores por modos diversos. Existe un seguimiento común para todos, mediante la vivencia de los mismos consejos evangélicos, pero en cada Fundador, esta vivencia tiene matices diferentes; ellos siguen a Cristo en su totalidad, pero cada uno le contempla en su dimensión particular de su Misterio.
Esta es la razón porque cada familia religiosa tiene sus rasgos originales y una identidad específica que las diferencia de las demás, ya que cada una tiene un espíritu y “don propio”, de acuerdo a la inspiración y la dimensión del Misterio de Cristo, que su Fundador intentó vivir. De ahí también surgen las obras apostólicas a favor de la Evangelización, tales como atender a niñez desamparada, el cuidado de los enfermos, la educación y tantas otras que se organizan desarrollándolas y expresando en ellas las actitudes específicas del Misterio contemplado.

Imitación particular de Cristo

71.    La identidad de una Congregación está ligada a una visión particular del Misterio de Cristo, el Espíritu Santo ilumina al Fundador y proyecta una luz particular sobre un aspecto del Misterio de Cristo, que él está llamado a revivir.
La historia de la vida religiosa constara esta identidad diversa de los Fundadores; San Francisco de Asís, siguió a Cristo en el misterio de su pobreza y humildad; San Ignacio de Loyola, en el misterio de su obediencia a la misión que el Padre le confió; San Pablo de la Cruz a Cristo en el misterio de su Pasión y Muerte; el Beato Pedro de San José Betancur en el anonadamiento del Verbo en el Misterio de Belén. Todos expresaron un aspecto particular del Misterio del Señor.
72.    La contemplación de Cristo en uno de sus Misterios, adquiere una resonancia tan particular en el Fundador, que se convierte en fuente de inspiración para la obra que está llamado a crear, encontrando en ella, una forma expresiva, concreta y actual. Ese Misterio le obsesiona, por así decirlo, lo entusiasma de tal modo, que en todo su actuar no busca otra cosa que asumir en cuanto sea posible las actitudes de vida de Cristo, propias del Misterio, bien sea la pobreza, la humildad, la obediencia, el servicio caritativo o varias de ellas al mismo tiempo, empeñándose en que ese espíritu dinamice la vida de toda su familia religiosa.
73.    El propósito del Fundador es seguir fielmente a Cristo, de la adhesión total a su persona, y de revivir el Evangelio, lo traduce al acentuar determinados momentos de la vida de Cristo. No es su intención fraccionar el Misterio, sino expresar una dedicación especial a aquello que más impresiona su vida, como un camino más concreto para llegar al Cristo total.
En la configuración con Cristo, adquiere mayor intensidad un aspecto de su vida, y con él alimenta preferentemente a su familia religiosa y lo lleva a querer realizar obras concretas con las cuales intenta remediar en parte las necesidades de los hombre, en el momento histórico que vive[27]

Dimensiones del Carisma del Fundador

74.    En la vida de todo Fundador, el Espíritu Santo se hace presente para:
     Llevarlo a Cristo.
     Para reproducir en él sus rasgos,
     Y para hacer de él un consagrado.
75.    El Espíritu Santo, enviado a lo largo de la historia de los Fundadores, para realizar en ellos una conformación más profunda con Cristo, so en el plano ontológico realizada ya en el Bautismo, sino como continuación de aquella en el plano del seguimiento. Esta intención de “seguir a Cristo con mayor libertad e imitarlo más de cerca” por medio de la práctica de los consejos evangélicos, no nace de un propósito humano puramente natural, sino como fruto típico del “impulso del Espíritu Santo”[28].
76.    La fuerza del Espíritu Santo, que aparece en cada Fundador, va dirigida a reproducir más fielmente en él la misma vida de Cristo, conformándolo con un aspecto de su Misterio, de su misión. De hecho, el Misterio de Cristo es inagotable, insondable[29]; sus riquezas son inescrutables y su amor rebasa todo conocimiento[30]. Pero nadie podrá reproducir en sí plenamente los rasgos de Cristo, puesto que son los rasgos del Verbo de Dios, divinidad infinita[31], en el cual habita corporalmente la plenitud de la divinidad. Si bien es cierto que el carisma del Fundador se da para conformar un aspecto particular del Misterio del Señor, esta conformación comprende el Cristo total.
77.    El Espíritu Santo concede a cada Fundador la capacidad de comprender el Misterio de Cristo, mostrándole con viva intensidad su significado profundo, la mayoría de las veces, sin que haya en ellos preparación científica e intelectual adecuada. Se convierte para ellos en intérprete y exégeta de Cristo, revelándose también como servidor de Cristo y de su Palabra.
78.    Los Fundadores forman parte de aquel grupo de personas que contribuyen a la comprensión cada vez mayor del Evangelio gracias a la experiencia  otorgada de una inteligencia más profunda de las cosas espirituales, que le comunica el Espíritu Santo.

Carisma comunitario

79.    El carisma comunitario es en su esencia aquella vocación común a todo el Instituto que primero descubrió para sí mismo el Fundador. Es decir, el carisma de una familia religiosa que coincide con el objeto de la inspiración que fue concedido a quien le dio el ser en la Iglesia.
80.    El carisma y la vocación son siempre dados por el Espíritu Santo directamente a una persona. Es el Señor Resucitado a través de las mociones y luces de su Espíritu, quien distribuye carismas y llama a estados de vida a distintos ministerios. El Vaticano II dice que le corresponde a la Jerarquía discernirlos y regular su ejercicio: discernir no es conferir.
Es importante saber cuáles son los aspectos del carisma del Fundador que pasan a sus familias y que deben ser considerados como elementos del carisma comunitario.

Elementos de la personalidad del Fundador que se convierten en carisma de grupo.

81.    Estos elementos son aquellos que una familia religiosa tiene en común con quien le dio la existencia. Se consideran los siguientes:
     Vocación o llamamiento a un tipo de existencia cristiana consagrada al servicio divino a través del celibato y la vida fraterna.
     Espiritualidad enraizada en los elementos comunes de la vida religiosa y en la forma concreta de vida.
     Misión apostólica realizada según la espiritualidad propia.
     Particular experiencia del Misterio de Cristo a partir del cual se ha desarrollado una doctrina espiritual y un modo de vivir la vida del Espíritu. Aspectos de la vida de Cristo que atraían más su atención, modo de vivir la comunión eclesial. Etc.[32]
82.    Los primeros seguidores se reúnen con el Fundador porque participan en su llamamiento personal; esto implica determinadas gracias que disponen a realizar una misión de la Iglesia. Más tarde, cuando el grupo comienza a establecerse o institucionalizarse, el carisma es descrito o expresado en las Constituciones o Estatutos. El Fundador es el primero en recibir la vocación, y los primeros seguidores oyen también la llamada, bien sea propuesta por él, o al verla realizada en él.

Aspectos del carisma del Fundador que no pasan al Instituto

83.    Aspectos:
     Los sufrimientos: El llamamiento a sufrir es ordinariamente una vocación personal, no comunitaria. No se funda un Instituto para sufrir más en la Iglesia. Las pruebas las reparte directamente el Señor a quien le place. Pero sí puede ser parte de la vocación de un grupo, el espíritu de oblación y reparación, o una comunión particular con la Pasión de Cristo. En este caso, los sufrimientos del Fundador tienen un valor de testimonio.
     Ni el grado de santidad alcanzado se transmite: La comunión con Cristo y las gracias relacionadas con El son algo directamente personal y por lo tanto intransferible. Esa santidad ha sido fuente de gracias para todo el grupo; también es fuente permanente de inspiración para las generaciones venideras.
     Tampoco se transmite el carisma de Doctor: con que fueron enriquecidos no pocos Fundadores. Sin embargo, algunos de ellos han creado una escuela de espiritualidad que en cuanto a formación doctrinal, no pertenece al carisma, pero se halla vinculado a éste y por lo mismo le pertenece a la tradición del Instituto.
84.    No están obligados los religiosos a seguir a la letra las opiniones del Fundador. La escuela es una tradición viva, que se completa, se enriquece, se interpreta.
Pero los Fundadores tienen un modo especial de ver la vida religiosa, relacionada con los fines asignados por ellos a sus Institutos, Esta visión del fundador es ciertamente reflejo y proyección de su carisma.

Patrimonio espiritual de un Instituto Religioso

85.    Toda familia religiosa posee un legado o patrimonio espiritual que ha recibido como herencia de su Fundador y que se va acrecentando a través de los años de existencia.
Ese patrimonio lo integran:
     El carisma fundacional,
     La tradición comunitaria de dicho carisma fundacional,
     Y las sanas tradiciones del Instituto[33]

Carisma fundacional o Espíritu del Fundador

86.    Hemos dicho que el carisma es el efecto de una donación gratuita, es decir, el don de la gracia otorgado a una persona. Es un don de Dios que enriquece a alguien y lo capacita para el cumplimiento de una misión.
El fundador como tal, recibe una gracia especial mediante la cual constituye un Instituto dentro de la Iglesia. Es él, quien dirigido por el Espíritu Santo, determina la naturaleza de la Institución, su manera de vivir, y la misión apostólica que debe desempeñar de acuerdo a las necesidades concretas de la Iglesia y el mundo. Esto supone por parte del Fundador una conciencia del don sobrenatural recibido.
87.    Cada Fundador tiene un modo particular de asimilar y de vivir los elementos constitutivos de toda vida cristiana y evangélica. En su deseo de responder a Dios, se siente impulsado a reproducir en su propia vida algunos rasgos de la vida de Cristo. De esto nace un estilo de vida y un comportamiento ante Dios, ante los hombres y ante las cosas, lo que pidiéramos llamar “espiritualidad”[34]

La tradición o vivencia comunitaria del Carisma

88.    Tener vocación como miembro de un Instituto, implica haber recibido el mismo don-carisma que los demás miembros de ella, para vivirlo con los demás en comunidad. El carisma en cuanto vivido comunitariamente se llama Tradición. Es la misma experiencia del Fundador revivida, custodiada, profundizada y desarrollada por la comunidad.
89.    Una Congregación religiosa, dice un autor, es “el desarrollo armónico de un carisma, es decir, de una experiencia y de un modo de vivir la fe en Jesucristo; redescubriendo la experiencia del Fundador, su manera de releer el Evangelio y configurarse con Cristo en una dimensión de su vida y así mismo la respuesta que el Fundador intentó dar a una determinada necesidad de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo[35].

Espiritualidad

90.    Es un conjunto de rasgos o actitudes de vida que le dan fisonomía propia a un Instituto dentro de la Iglesia. Toda espiritualidad crea un estilo particular de santificación, de apostolado, que va creando una tradición, cuyos elementos objetivos pueden ser fácilmente conocidos[36].
91.    Toda espiritualidad se define en referencia explícita a Cristo y en dependencia activa del Espíritu Santo. Es una forma o manera de “configuración real con la persona de Jesucristo obrada por el Espíritu”. El carisma-espíritu debe informar y matizar todos y cada uno de los elementos comunes del patrimonio general de la vida religiosa[37].

Tradiciones

92.    Son las realizaciones concretas, permanentes o mudables que expresan una forma válida, aspectos generales esenciales del carisma vivido comunitariamente. Deben cumplir tres condiciones:
Ser:
     Sanas si conservan su vigor para fecundar la vida del Instituto, si ayudan positivamente. El criterio para determinarlas no es su antigüedad, sino su vitalidad y positiva eficacia actual.
     Universales, si afectan realmente a toda la Congregación; si tienen vigencia no a nivel de legislación, sino de vida en la Congregación entera. Si es sana pero responde solamente a una región o uso local no pertenece al Patrimonio espiritual del Instituto, ni puede ser recogida en las Constituciones[38].
     Permanentes, “no son mudables al paso del tiempo”[39]. Deben tener una vinculación al carisma y expresar un aspecto esencial del mismo; no pueden desaparecer sin que el carisma sufra un deterioro o pierda algo importante en su contenido o en su expresión[40].

Desarrollo y trasmisión del carisma

93.    Comprender el carisma del Fundador, es penetrar la dinámica interna de su diálogo con Dios en su momento histórico; es comprometerse con esa dinámica de inspiración y decisión; es entender el mundo en que vivimos y del cual formamos parte, desde una visión vocacional cristiana, como algo que necesita “conversión”.
94.    Hay “necesidad de un continuo interiorizar” la experiencia religiosa del carisma. El religioso necesita una vuelta continua a su interior para encontrar allí la Palabra de Dios que llama. Es decir, hay una exigencia de vivir en “estado de conversión”, en estado de éxodo, de pascua, de superación continua de los propios esquemas para encontrar a Dios en todas las circunstancias de la vida. Oración, lectura y meditación de la Palabra divina, apertura a Dios en la vida diaria, comunicación espiritual en un proceso de liberación permanente.

MISION DEL FUNDADOR

95.    Los Fundadores son conscientes del gran don que Dios les hace y exaltan su riqueza y gratuidad en oposición a su propia pobreza, bajeza e indignidad. Es el mismo Espíritu, quien con gracias especiales los “hace prontos y aptos para ejercer un cometido[41], es El quien promueve en ellos la capacidad y disponibilidad para realizar una determinada obra necesaria en la Iglesia, para lo cual los Fundadores se consideran como “instrumentos” en las manos de Dios.
96.    Dios por medio de los Fundadores, quiere establecer en la Iglesia una nueva forma de seguimiento de Cristo; reavivar determinadas dimensiones evangélicas y atender especiales necesidades. Lo que el Espíritu obra en el Fundador es la comunicación de “un carisma” mediante el cual puede dar vida a una Institución que colabore en el Plan de Dios. Pero siempre es Dios quien toma la iniciativa.
97.    Dios va formando poco a poco al Fundador haciéndole sensible a determinadas situaciones sociales y señalándole por medios diversos los caminos que debe elegir para responder a la misión que le confía. Las circunstancias y la organización que se va dando son maneras en las que se manifiesta la intervención de Dios que se vale en muchas ocasiones de elementos humanos que contribuyan a la realización de la obra.
98.    Generalmente la fundación de una familia religiosa, se realiza después de que Fundador ha sido preparado a través de la prueba, de la angustia, de la incertidumbre y de haber avanzado en la relación de unión con Dios y particularmente en el ejercicio de la caridad. Supone un trabajo de disponibilidad y docilidad.
99.    El Fundador hace suya la misión que se le confía. Tiene necesidad de vivir él mismo esta misión, antes de comunicarla. Es portavoz de algo intrínseco en él. Es el primero en comprender el camino que quiere inaugurar. Se deja invadir por la acción del Espíritu, poniéndose activamente a su disposición y cooperando en la realización de su vocación.
100.     En la misión de los Fundadores, no es el hombre que a Dios, sino Dios que se hace presente, manifestándole su plan de salvación. Dios escoge al que quiere, y como quiere para que se haga su voluntad según el querer divino. A medida que el Fundador va haciendo conciencia de la elección divina, va entrando poco a poco en una íntima relación de comunión. “Para ellos, el Señor no es solo objeto de reflexión, sino un ser vivo con el cual entra en comunión permanente”[42]

Los Fundadores responden a las necesidades de la Iglesia

101.     El Espíritu Santo capacita a los Fundadores, para intuir las exigencias de la Iglesia y descubrir en profundidad sus lados débiles, sus necesidades concretas y urgencias del momento. Los hace particularmente sensibles a la llamada que se oculta en tales situaciones. Es el Espíritu el que proyecta su luz, sobre los acontecimientos, permitiéndoles leerlos como “señales de los tiempos”[43]
102.     Los Fundadores ejercen gran influjo a través de los siglos. La fecundidad de su carisma, se manifiesta en formas múltiples. Muchos discípulos que se inspiran en su ideal, pasa a constituir nuevas familias religiosas. La obra perdurará por siglos, con una prosperidad espiritual, bajo la guía del mismo Espíritu que la inició.
103.     Las diversas familias religiosas son expresiones diferentes de la misma persona, Cristo, y del mismo Evangelio. El Cristo único, aunque bajo un aspecto particular, es el que todo religioso está llamado a seguir en pos de su Fundador. Cristo no está dividido.
Todas las familias religiosas, salvando su diferente carisma, forman una unidad, para ofrecer a la Iglesia, la imagen viva del Cristo total.

LOS SEGUIDORES

104.     Los fundadores recibieron un don para servir a Dios y a sus hermanos, para anunciar el Evangelio y llevar a la práctica sus obras de Evangelización; en torno a ellos se forma una familia que participa de ese carisma y que a través del tiempo trata de mostrar al mundo el Misterio de Cristo que el Fundador se empeñó en vivir e imitar.
105.     El Fundador, al comunicar a sus discípulos su propia experiencia y la visión del Evangelio que a su vez le comunica el Espíritu Santo, les introduce en la comprensión de la Palabra de Dios y les enseña a vivirla correctamente, llevándolos por un camino evangélico particular, a la plena adhesión a la persona de Cristo.
106.     Quienes entran a una familia religiosa, lo hacen porque, llamados por Dios, se dan cuenta de que su vocación coincide con la de los demás miembros de dicha institución y con los fines que ella se propone. En cierta manera, los atrae la figura del Fundador, aunque esto puede descubrirse en el momento posterior, pero quieren seguir a Cristo y prestar un servicio eclesial como él lo hace.
107.     Los miembros de una Congregación han de recibir el carisma fundacional como don gratuito y como una responsabilidad. Tienen el deber de acogerlo, incorporarlo a la propia vida, custodiarlo, acrecentarlo y enriquecerlo progresivamente.
Cada miembro de la Congregación debe vivir el carisma desde su vocación personal y seguir a Cristo e imitarlo según el espíritu del Fundador. De este modo el Instituto se conserva y acrecienta su carisma, su índole propia, su manera de ser, su aire de familia.
108.     La obra de cada Fundador, tiene a través de los siglos su fecundidad respectiva. Ese elemento de fecundidad, le capacita para trasmitir a otros los contenidos de la inspiración fundamental. Atraídos por Dios, quienes siguen su Carisma, descubren en él, una perfecta consonancia con sus aspiraciones y deseos de su seguimiento, y experimentan una fuerza de atracción y de satisfacción espiritual. Por tal razón, en fidelidad al Espíritu, continúan la misión en el mundo, contribuyendo a la Evangelización y “cristificación” del mismo.
109.     La fidelidad al carisma ha de llevar a los seguidores a un conocimiento crítico del momento histórico. Este conocimiento conlleva “una información” que conduce a la participación en la experiencia de vida de nuestros hermanos. Supone tener “contactos normales” con ellos, saber sentir cómo sufren y luchan para compartir su dolor y mostrarles el camino de salvación.
110.     El carisma fundacional exige educar una sensibilidad abierta y delicada hacia el hombre de nuestro tiempo, sus problemas, sus necesidades, sus esperanzas. En todo ello tratar de encontrar a Dios y descubrir su voluntad sobre las personas y las cosas.
111.     La vivencia del carisma implica una liberación de todo elemento que no sea su espíritu. No somos hijos de leyes, tradiciones, costumbres… sino que somos hijos de Dios por el Espíritu que vive en nosotros. Solamente cuando hay libertad tiene sentido discernir. Esa libertad nos permitirá poner al día la vida religiosa, los servicios apostólicos, como lo hicieron nuestros Fundadores.
112.     Es deber de los miembros de un Instituto religioso saber releer el carisma del Fundador, y dar una respuesta adecuada, capaz de encontrar los medios e instrumentos aptos para expresar en “sintonía con el hoy, la presencia, el mensaje y la acción de Cristo”.
Mediante una constante fidelidad a su carisma, continúan por el mundo la misión de su Fundador y actúan como Él lo haría, en el presente, contribuyendo así al logro del ideal forjado por él, de la extensión del Reino de Cristo y el servicio a los hermanos.
113.     A estilo de los Fundadores, los miembros de toda familia religiosa, han de permanecer disponibles para la escucha de Dios y para la acción de su Espíritu, con miras a descubrir en cada situación, en cada momento de la historia, el quehacer apostólico que demuestre la fidelidad al espíritu primitivo, en conformidad con Cristo y su Palabra eterna de vida. Esto exigirá cambios de mentalidad, seguramente orientación diferente de las obras existentes, apertura o renovación de otras, pero ante todo esto, una “continua conversión de corazón”.



[1] 1a. Cor 7, 7
[2] Hech.  2,4,8-11
[3] Hech.  2,33
[4] Cf. Rom. 5, 15-16; 2Cor 1,11
[5] Ef. 4,11
[6] 1ª. Cor. 12,14
[7] Cf. 1ª Cor 12,7; Rm 12,7
[8] 1ª Cor 13,1-13
[9] 1ª Cor 3,17
[10] L.G. 12
[11] L.G 4
[12] L.G. 5b
[13] L.G. 12
[14] A.G. 4
[15] Cf. L.G. 12; A.A. 3
[16] Cf. S.M. Alonso, “Utopía de la vida Religiosa”, pág. 74 ss.
[17] Cf. ADOLFO NICOLAS, “El horizonte de la esperanza”, pág. 36
[18] Ibid page. 53
[19] P.C. 1
[20] E.T. 11
[21] Cf.P.C. 1
[22] Cf. J.M. LOZANO, “El fundador y la vida religiosa”.
[23] Cf. J.M. LOZANO, “El fundador y la vida religiosa”, pág. 53
[24] Cf. J.M. LOZANO, “El fundador y la vida religiosa”. Pág. 81
[25] Cf. J.M. LOZANO, “El fundador y la vida religiosa”. Pág. 91-92
[26] F.CIARDI, “Los fundadores hombres de espíritu”, pág.123
[27] F.CIARDI, “Los fundadores hombres de espíritu”, pág.149
[28] P.C.1;L.G.44
[29] 1ª Cor 1,5-7
[30] Ef 3,19
[31] Col 2,10
[32] J.M. LOZANO, “El fundador y la vida religiosa”. Pág. 86
[33] P.C. 2b.
[34] Cf. S.M. ALONSO, “utopía de la vida religiosa”, pág. 79
[35] Cf. ALVAREZ GOMEZ JESUS, c.m.f. pág.
[36] Cf. M.R. 11
[37] Cf. M.R. 11
[38] E.S. 14
[39] Cf. ibíd.
[40] Cf. S.M. ALONSO, “Utopía de la vida religiosa” pág. 84-85
[41] Cf. L.G. 12b
[42] CF. F. CIARDI, “los fundadores hombres de espíritu”, pág. 123
[43] G.S. 11

EL GOZO DE PERTENECER DE AMEDEO CENCINI


El tema de nuestra reflexión es un gozo particular: el de pertenecer a Dios y pertenecernos unos a otros en la experiencia comunitaria de la consagración a Dios. Podemos partir de un intento de definición: el gozo de pertenecer es la sensación positiva y gratificadora que advierte el ser humano en el momento en que se reconoce en una relación interpersonal o en un ideal vivido con otras personas, y se siente, a su vez, acogido-reconocido en una o en otra situación.
Trataremos de comprender, pues, cómo se vive este gozo, descubriendo sus elementos constitutivos (identidad, pertenencia, sentido de pertenencia), mediante un análisis espiritual y psicopedagógico a la vez.
1.        De la pertenencia al sentido de pertenencia en la vida consagrada
“Amadísimos hijos, ahora entráis a formar parte de esta familia religiosa, y a partir de ahora lo tendremos todo en común”[1] Así dice el Rito de la Profesión Religiosa. Una fórmula que, en su esencialidad y sencillez, presenta claramente no sólo el efecto jurídico de la profesión perpetua de los votos a nivel de pertenencia (“entráis a formar parte de esta familia religiosa”), sino que indica también su sentido profundo, como un punto de partida y también de llegada (“a partir de ahora lo tendremos todo en común”). Efectivamente, el formar parte de un instituto se convierte en algo pleno y efectivo solamente cuando se da una comunión de vida real, que abarca todos los ámbitos de la existencia; si no, en esa presunta pertenencia hay algo que no es del todo verdadero y auténtico, e incluso algo sutilmente falso y, evidentemente, sin gozo.
¿Cómo alcanzar un auténtico sentido de pertenencia? Es importante comprenderlo, porque el sentido de pertenencia es el fundamento –a su vez– del gozo de pertenecer.

1.1. Pertenencia objetiva y subjetiva

La pertenencia no es, ante todo, un hecho canónico-jurídico, fruto de un acto formal como la profesión pública perpetua de los votos, ni es tampoco el resultado de una decisión privada del individuo, sino que conlleva ambas cosas. Representa el punto conclusivo y convergente de un discernimiento mutuo, por parte del instituto y de la persona: el primero, reconoce la presencia de su propio carisma en un determinado individuo, que –a su vez– descubre en ese carisma y en quienes lo viven el don que él mismo ha recibido de Dios, su proyecto (el Yo) ideal. El punto de encuentro de este doble discernimiento es la petición pública por parte del individuo de pasar a ser miembro de ese instituto, y la aceptación –por parte del instituto– de esa petición. El fundamento objetivo de la pertenencia depende, por tanto, del carisma y de su presencia en el individuo, reconocida oficialmente; pero para que se dé sentido de pertenencia debe despertarse en el individuo un modo particular de percibir y, luego, de realizar su identidad dentro del carisma mismo, como si estuviera escondida en él. O, dicho con otras palabras, el individuo tiene que advertir una cierta atracción hacia ese carisma, descubrir su belleza, intuir que en él hallará la posibilidad de realizarse en sumo grado, y, al final, decidirse a modelar su propia persona según ese carisma. Solamente entonces tiene lugar el paso estratégico de la pertenencia (como hecho objetivo) al sentido de pertenencia (elemento subjetivo). Pero está claro que si no nace esa primera conexión entre pertenencia y sentido de pertenencia, no es posible esperarse, después, ninguna sensación gozosa.
Vamos a tratar de ver, entonces, en qué consiste esa decisión y este paso, que frecuentemente, en muchas personas consagradas, son sólo implícitos y, por tanto, débiles, con consecuencias nada insignificantes y muchas veces… deprimentes.
1.2.De la identidad a la pertenencia.
El sentido de identidad y el de pertenencia representan los elementos estructurales y constitutivos del yo, como los dos polos en los que cada uno encuentra los contenidos específicos de su propia fisonomía. Toda persona se define, efectivamente, a partir de lo que es y de lo que está llamada a ser, así como también de aquello a lo que pertenece y a lo que se entrega; y lo que cada uno es, depende naturalmente de aquello de lo que se siente parte[2].En el caso de la persona consagrada, la identidad personal está definida por el carisma, o sea, por ese modo de ser, de orar, de vivir la relación, de prodigarse por los demás, de vivir los votos, de anunciar el evangelio contenido en el carisma: ese es su nombre, que Dios le ha preparado y dado, esto es el hombre nuevo que está a la espera de ser realizado. Y precisamente de esta convicción deriva también el sentido de pertenencia, que es exactamente el reflejo, en el plano relacional-social, del sentido de identidad. Cuanto más fuerte es éste, más fuerte será aquél. O cuanto más la persona se reconoce en un carisma, más natural e inevitable será la decisión de entregarse a él y a los hermanos que comparten el mismo don del espíritu. Y se trata de una entrega que ya pregusta un cierto gozo y crea personas gozosas. Por otra parte, podríamos decir que todo ser humano debe necesariamente entregarse a algo o a alguien, no lo puede evitar; él tendrá que decidir a quién o a que cosa, pero de cualquier manera no puede evitar hacerlo. Si pretende “tenerse-para-sí”, sin atarse a nada o a nadie, de hecho se vuelve dependiente, sin saberlo, de una infinidad de cosas y de personas. Decidiendo entregarse a aquello que la define en su identidad, la persona hace una opción inteligente y atenta, porque así entra concretamente en un contexto de vida y de personas, de valores e ideales, en cuyo centro se halla precisamente lo que es central también para su propia persona, y donde puede, por tanto, llevar a cabo el proyecto de su “yo”.
En todo caso, pues, no existe identidad sin pertenencia; y lo mismo se puede decir de los consagrados. Más aún, la pertenencia nace de la identidad.
Y si la identidad de un consagrado está definida por el carisma, entonces podemos definir la pertenencia como el efectivo y afectivo formar parte de una familia religiosa, en la que se expresa concretamente ese carisma, incluso codificado en una regla de vida, y visible en la existencia de otras personas. Personas que, precisamente en virtud de esa elección, se convierten en los propios hermanos (o hermanas), ya que también ellos han reconocido en ese carisma el proyecto pensado por Dios para ellos, confirmado por la Iglesia como una lectura auténtica de la Palabra, rico de una historia y de una tradición que ponen de manifiesto su vitalidad.
1.3.De la pertenencia a la identidad
Pero todo esto: familia religiosa, regla, historia, tradición… cada religioso lo ve y lo siente (y lo debe ver y sentir) como algo que forma parte del propio yo. Esa historia es y narra también la propia historia (o prehistoria); la familia religiosa es también la propia nueva y verdadera familia, cuyos lazos son más fuertes y resistentes que los de la carne y la sangre; la regla expresa el proyecto de Dios sobre el consagrado y se llama “regla de vida” precisamente porque describe su vida en todos los aspectos; la tradición no es simplemente una serie de usos transmitidos por los antiguos padres, sino garantía de fidelidad (por parte de Dios y de los mismos padres) y criterio de lectura para descifrar, hoy, la propia misión.
 Cada consagrado debe comprender que, sin esa historia, su “yo” sería un enigma sin solución. Efectivamente, la pertenencia “genera” identidad, o, por lo menos, ayuda a descifrarla cada vez mejor, reconociéndola en un acontecimiento pasado y aún presente, en rostros concretos, en gestos inconfundibles, en palabras cargadas de sentido y estilos de vida característicos. Y el gozo de pertenecer se hace aún mayor, precisamente porque a través de esa opción de vida la persona se descubre a sí misma, y se descubre dentro de un entramado de relaciones, tiene como la percepción del propio yo que nace del tú. Y esto despierta, de alguna manera, la memoria de los orígenes, de su procedencia de Dios, de su haber sido engendrado por un acto de amor ajeno.
 Entonces, el sentido de pertenencia no puede ser algo puramente sentimental, en función de un objetivo solamente psicológico, para evitar, por ejemplo, la soledad y estar bien juntos, frecuentemente como niños viciados o adolescentes pendencieros, ignorando todo lo que sucede fuera. Ni se puede confundir con esa sensación sectaria-patriotera, típica de los débiles o de quienes poseen una identidad débil e incierta, que se juntan para protegerse y sentirse más fuertes, y tener la impresión de contar: juntándose entre sí, excluyen a los demás y se aíslan. De la misma manera, el sentido de identidad no puede reducirse a algo general-superficial, como si diera lo mismo pertenecer a un instituto o a otro. Ni puede ser tan inconsistente e insignificante que permita, ante las fatigas de la vida cotidiana, cambiar instituto o incluso dejar la vida consagrada sin grandes sufrimientos interiores… Y atención también al fenómeno de las pertenencias múltiples, o sea, quien vive en la institución y en la comunidad, pero de hecho tiene el corazón y los intereses en otro sitio, o está triste y nervioso en comunidad, y en cambio resulta brillante y alegre fuera; atención también a quien tiene demasiados puntos de referencia para su identidad, sin jerarquizarlos, como si todos estuvieran confusamente al mismo nivel y él no tuviera una pasión única al centro de su vida. Pero probablemente es todavía más grave el caso de aquellos que no pertenecen a nada ni a nadie, “vagabundos”, sin identidad ni vínculos, hijos de nadie…El sentido de pertenencia al instituto es verdadero cuando es el reflejo del sentido de pertenencia al carisma (o del sentido de identidad), y resulta creíble cuando hace nacer en el corazón no solamente el amor al instituto en general o al carisma en abstracto, sino el afecto sincero por la comunidad tal y como es, por las personas en carne y hueso que la componen, con todos sus límites y debilidades, dones y achaques. Pertenecer a una familia religiosa significa decidir vivir y envejecer junto a estas personas que, aún y por un motivo nuevo, se convierten en hermanos y hermanas, porque, más allá de las diferencias y más fuerte que las miserias, existe un proyecto común pensado por Dios y confiado a cada uno, proyecto que se hace más claro y puede ser apreciado en toda su belleza y riqueza precisamente al vivir juntos[3].
Por tanto, así como no existe identidad sin pertenencia, de la misma manera no puede darse ningún sentido de pertenencia, ni ninguna sensación gozosa, si no está acompañado por el sentido de identidad, y si no determina, a su vez, un refuerzo del yo, de su precisa fisonomía y positividad. Y como la pertenencia nace de la identidad, así la pertenencia lleva continuamente a descubrir y redescubrir la propia identidad.
2.        Del sentido de pertenencia al gozo de pertenecer
Estamos en la segunda transición, que del sentido de pertenencia debería llevar al verdadero gozo de pertenecer. En realidad ya hemos visto que el gozo acompaña el camino que lleva a un consagrado a sentirse parte de una familia religiosa. Pero es importante no dar por supuesto todo esto, o considerar que la sensación gozosa sea automática. El clima, muchas veces no precisamente idílico o incluso de frío relacional de nuestras comunidades, nos lo impide. Entonces, ¿cómo hacer crecer y mantener alto el nivel del gozo, para que eche raíces sólidas, para que el gozo no sea un accesorio, sino que forme parte del camino de santidad y sea su manifestación más clara?[4]
2.1.          Triple camino de comunión
Cuando se habla de estos aspectos de la consagración a Dios, existe siempre el peligro de quedarse a nivel retórico o vago. Por tanto, es fundamental precisar que este recorrido que va de la identidad a la pertenencia y viceversa, se efectúa a lo largo de tres líneas direccionales, que son los elementos constitutivos del carisma, o sea, la experiencia mística, el camino ascético y la misión apostólica, entendidos siempre como dones que hay que compartir.
El motivo se comprende fácilmente: solamente es posible crecer en la pertenencia si a la vez crece la identificación con el carisma del instituto, y por tanto el crecimiento en el sentido de pertenencia tiene lugar siguiendo los componentes constitutivos del carisma, pero más allá de cualquier interpretación puramente individualista de ellos. Por tanto, si los componentes constitutivos del carisma son el elemento místico, ascético y apostólico, estos tres elementos serán también el triple camino de maduración del sentido de pertenencia, pero realizando un paso que lleve progresivamente del yo al nosotros, o que abra cada vez más de la perspectiva privada a la lógica del compartir el mismo camino de santidad, ya que solamente esto lleva a la experiencia del gozo.
Veamos en concreto:
a)  Experiencia mística que hay que compartir.
Al inicio de un carisma hay siempre una teofanía, y una teofanía sorprendente. Dios se revela y, mostrando el rostro divino, revela también al hombre su rostro humano.
Nuestros fundadores y fundadoras, hombres y mujeres orantes, han hecho exactamente esta experiencia: en el misterio orado, lentamente o improvisamente, se han descubierto a sí mismos, el proyecto de Dios sobre ellos y sobre otras personas, una identidad que había que asumir.
Nuestras familias religiosas existen y están vivas en la medida en que otras personas hoy, por gracia de Dios, reviven aquella misma experiencia, ante el mismo misterio. Aquí nace el consagrado, cuando comienza a descubrir su yo dentro de esta relación con Dios, y deja que el misterio orado se convierta en fuente de su identidad, la forma de su “yo”. La espiritualidad le revela la identidad y los rasgos propios de su fisonomía.
Pero no sólo de la suya, sino también los de la de todos sus hermanos. La espiritualidad revela la identidad de todos, y por tanto deja intuir también la fuente de la pertenencia común, el lugar en que madura y crece día a día el sentido de pertenencia, donde, continuamente, ese sentido encuentra sus motivos profundos[5] Entonces, este tipo de espiritualidad hace sentir cada vez más, por un lado, la belleza de estar juntos orando, pero exige también, por otro lado, un mayor compartir la oración y en la oración misma.
Dentro de una lógica de pertenencia, ya no tiene sentido que en nuestras comunidades cada uno se ocupe, sustancialmente y tristemente por su cuenta, de su espiritualidad privada. El gozo de pertenecer pasa por el compartir nuestros bienes espirituales.
b) Proyecto ascético como norma común de vida.
Es la expresión natural e inevitable de la experiencia mística. La ascética es el tentativo, discreto y a la vez decidido, de acoger la acción de Dios en nosotros y responder a ella, con una respuesta que es, ante todo, acción de gracias, adoración, y solamente en un segundo momento actividad y demostración de buena voluntad. Todo instituto posee un programa ascético original, estrictamente ligado a la experiencia mística (hecho de comportamientos y actitudes, de cualidades morales y virtudes características), que hace que un individuo sea inmediatamente reconocible como perteneciente a un determinado instituto, y que aparece explicitado con fuerza en la Regla y en la Ratio formationis. Cada religioso está llamado a asumir la fisonomía que se propone en esos textos como su propia forma y norma de vida, como aquello de donde brota un estilo de vida y un modo de ser comunes, que le hacen ser cada vez más partícipe de un mismo espíritu y más hermano de otros hermanos, que él no ha escogido.
 Todo esto refuerza y hace eficaz el sentido de pertenencia al instituto, porque la fidelidad de uno contribuye a hacer cada vez más claro el carisma de instituto y estimula a todos a revivirlo en sí mismos, mientras que, por otra parte, impide el fenómeno, ya mencionado, de los consagrados sin raíces o carentes de un centro, sin gozo porque no identificados con nada ni nadie, y por tanto, en consecuencia, no identificables ni reconocibles como pertenecientes a ninguna familia religiosa.
c)  Misión apostólica con estilo comunitario.
Toda familia religiosa ha nacido con un preciso ministerio apostólico. También eso es fruto de la iluminación del Espíritu, que conoce y escruta no sólo los secretos de Dios, sino también los de los hombres y las necesidades de los tiempos, suscitando, en aquellos a quienes llama, el valor de responder de manera creativa y eficaz a esas necesidades.
 La experiencia mística misma se expresa necesariamente en el acto de amor al prójimo, como amor que se prolonga y se intensifica en Él, el mismo y único amor a Dios y a los hermanos. La dimensión apostólica está tan íntimamente ligada a un preciso modo de ser y de pensarse, de orar y vivir, individual y colectivo, que funciona normalmente como criterio para evaluar una doble fidelidad: la del instituto a su originaria inspiración carismática, y la del individuo a su sentido de pertenencia.
A este punto, es importante aprender a actuar en la misión con estilo comunitario. Ante todo con la conciencia, por parte del individuo, de que aun cuando trabaja solo, actúa en nombre de la comunidad: el apostolado no es suyo, no le pertenece; es la comunidad quien le envía, él representa a la fraternidad.
Más aún, no solamente él es un enviado de su comunidad, sino que actúa gracias a ella: si puede hacer esa determinada obra es porque alguien le ha preparado, alguien le ha entregado su tiempo, le ha aconsejado, ha puesto en sus manos determinados instrumentos, sobre todo le ha transmitido un cierto espíritu…, y sigue habiendo alguien que se queda en casa y, a lo mejor hasta lo sustituye, o le prepara la comida, o realiza los trabajos “humildes” de casa, o reza por él, o lo sostiene con su fidelidad. Por tanto, es justo no sólo que el apóstol esté profundamente agradecido, sino que se mantenga estrechamente unido a su comunidad en todo lo que hace, que no se apropie de su trabajo sino que se esfuerce, en cambio, por caminar juntos, esperando, si fuera necesario, a quien avanza más despacio, valorando las aportaciones de cada uno, compartiendo lo más posible las fatigas y las alegrías, las inseguridades y las intuiciones, cierto de que, por mucho que dé a la comunidad, nunca será tanto cuanto de ella ha recibido o está recibiendo.
Así pues, el apostolado alimenta el sentido de pertenencia y es a su vez alimentado por él; la comunidad testimonio de fraternidad y el carisma resplandece con la riqueza y complementariedad de los dones de todos y cada uno. Vivir así la fraternidad, en proyección misionera, es saborear y testificar el gozo del Reino que viene.
2.2.  Doble entrega e integración
Otra línea de crecimiento del sentido de pertenencia la ofrece el tipo de relación entre el individuo y la institución. En efecto, el sentido de pertenencia es verdadero cuando es a doble sentido, o determina una entrega “recíproca”: la del consagrado al instituto y la del instituto al consagrado[6]
Efectivamente, cuando un religioso se consagra mediante la profesión de los votos, se entrega al instituto y el instituto se entrega a él. La profesión es como un pacto que no se apoya solamente sobre la voluntad manifiesta de los contrayentes, sino sobre la conciencia –por parte del consagrado– de un don y de una responsabilidad: es acogido, pero debe, a su vez, acoger; es tratado como un hijo, pero tendrá que hacerse también padre (o madre).
 A partir de ese momento la vida de la familia religiosa se identifica con la suya, y ya no podrá nunca pensarse fuera de ella. Con esta entrega se ha puesto en sus manos, para que ella le lleve a Dios; al ponerse en sus manos, se confía a su santidad y a su debilidad, no pretende que su comunidad sea inmaculada, le basta saber que representa su camino de santidad y que solamente en ella le saldrá al encuentro la gracia que le salva; más aún, es ya una gran gracia el hecho de que él mismo pueda ser acogido con todo su pecado. ¡Solamente una persona distraída y presuntuosa podría no darse cuenta ni alegrarse por ello!
 Al mismo tiempo, quien pronuncia los votos acepta que el instituto se entregue a él y se ponga, de alguna manera, en sus manos; desde ese momento, la santidad del instituto dependerá también de él, y él será responsable, en concreto, del crecimiento de cada uno de los hermanos. Pero desde ese momento está también llamado a hacerse cargo de la debilidad de sus hermanos: aceptará verse condicionado por los que le rodean, no olvidará ni por un instante que la debilidad del hermano es la vía misteriosa por la que Dios viene a su encuentro. ¡Solamente un individualista irresponsable podría no comprender la gran gracia que se esconde en acoger el peso del hermano!
Pertenecer a un instituto es celebrar juntos la comunión de los santos y de los pecadores. Solamente dentro de esta comunión es posible el gozo.
2.3.  Única pasión y pertenencia
Todo lo que hemos dicho hasta aquí tiene una raíz precisa y tiende hacia un punto de llegada igualmente preciso. Hay una casa común en la vida del ser humano, una gran morada que nos acoge a todos, en la que vivimos y nos movemos, que nos nutre y nos da la fuerza, nos engendra y nos hace semejantes unos a otros, más allá de cualquier diferencia. Es la paternidad-maternidad de Dios.
A ella pertenecemos desde siempre, y de esta pertenencia deriva cualquier otra pertenencia. Más aún, toda pertenencia terrena es real y sana, profunda y duradera, solamente si nace y renace de la conciencia de pertenecer ante todo a Él, pertenecer en el sentido más pleno y profundo, como un formar parte de Él, como pasión de amor e intensidad de afecto por el Eterno, como intimidad filial que después, por su misma naturaleza, desemboca y se transforma en fraternidad universal. Pertenecemos a Él, y por tanto nos pertenecemos también los unos a los otros, y cuanto más fuerte sea el sentido originario de la pertenencia divina, tanto más lo será también el vínculo humano.
La comunidad religiosa está puesta en el mundo como signo de esta pertenencia radical y universal. La fraternidad que se vive dentro de la comunidad es una pequeña y tímida señal de esta extraordinaria y sumamente consoladora verdad: ¡somos hijos, parte de la familia de Dios, y por tanto hermanos entre nosotros!
 El sentido de pertenencia, entonces, no está en función del bienestar comunitario, sino que es una pequeña, terrena narración de los orígenes no terrenos del hombre, de su identidad filial. O remite, como una figura o un símbolo, a la cualidad fundamental y radical de la existencia humana, que es existencia recibida, don de una Voluntad buena, que me ha preferido a la no existencia, gratuidad absoluta, benevolencia absolutamente inmerecida, identidad filial…
Y por tanto, esta vida-don, vivida con otros, debe convertirse a su vez en gratitud profunda, fraternidad universal, apertura hacia todos, acogida cordial, hospitalidad generosa, anuncio de que todo hombre no solamente es amado por Dios, sino que es un diseño de Dios en la palma de sus manos (Is 49, 16). ¿Cómo no sentir el gozo de vivir en una fraternidad que vive y anuncia esta verdad?
Verdaderamente, “lo tenemos todo en común”, incluso el gozo. Y es un gran gozo, porque el gozo participado es un gozo multiplicado…


[1]Conferenza Episcopale Italiana, Rito della professione religiosa, Roma 1975, p.55.
[2] He tratado este tema en mi libro I sentimenti del Figlio. Il cammino formativo nella vita consacrata, Bologna 1998, pp.145-148.
[3]Cf ibidem, 146-147.
[4] Para esta sección remito a mi libro Fraternità in cammino. Verso l’alterità, Bologna 2000, pp.78-87
[5] He profundizado esta idea en A.Cencini, “Come rugiada dell’Ermon”. La vita fraterna, comunione di santi e di peccatori, Bologna 2000, pp.52-58
[6]Conviene recordar que esta expresión, y otras que seguirán, no hay que entenderlas en sentido rigurosamente canónico-jurídico, sino que pretende solamente indicar el significado de la nueva relación que se establece entre el consagrado y el instituto, una relación a doble sentido, también desde el punto de vista de la responsabilidad.